lunes, 8 de marzo de 2010

Descanso

Filomena miraba sus manos, sentada bajo el parrón y con los rayos del sol rebotando en la antigua pero resistente mesa de madera apolillada y con cierta población de termitas, llenas de oscuras grietas, duras y secas, sus manos ya no eran las mismas, las contemplaba como si recién se percatara de su condición, pensaba que quizás si hubiera usado guantes para tomar la leña o si hubiera aplicado cremas y cuidados como las “señoras” de la ciudad, tendrían otra apariencia.



Sentada tranquila y sola descansaba, ya que aquello era algo que pocas veces podía hacer, siempre había que alimentar gallinas, ovejas, perros, caballos y marido, no conocía el descanso, y su cuerpo dejaba testimonio de aquello, su blanco rostro lleno de arrugas mostraba un semblante amable, sabio y sereno…recordaba cuando vivía con sus padres y sus hermanas en las vírgenes montañas del sur, recordaba cuando corría libre en las tardes casi al caer el sol y la manera en que se divertía con todos sus perros y gatos salvajes, ella disfrutaba de su soledad puesto que sus hermanas optaban por asistir a la plaza del pueblo mas cercano o leer las pocas revistas de moda que les llegaban en esos años.


El una vez delicado cuerpo de Filomena había perdido su forma, seis embarazos y complicadas operaciones habían mermado su silueta, sin embargo su ánimo y espíritu eran el mismo, eso se podía observar incluso en el agradable desorden en que a veces mantenía la enorme casa de adobe.


Ahora, sola, observaba sus manos con tierra, probablemente la misma que rodeaba el ataúd de su marido al que quiso y cuidó mucho, un marido que pocas veces permitió que ella descansara puesto que siempre ,según el, había algo que hacer. Recordaba en donde estaban sus hijos en estos momentos, unos relativamente cerca y otros muy lejos, a todos siempre los extrañaba, con amor había cuidado de todos ellos, tenia una numerosa familia que se encontraba a kilómetros de su lado.


Filomena ya estaba cansada, su huerto no recibía agua en días, sus plantas comenzaban a secarse, sus delgados animales la miraban con rostro de melancolía y desnutrición, muchas ratas ya se habían comido el delicioso pan que hacía una semana había preparado con sus propias manos, los pájaros a los que tantas veces su marido había disparado con una rustica honda ahora disfrutaban de los jugosos racimos de uvas que colgaban de la parra.


Ella optó por tomarse su momento, uno que buscaba hace mucho tiempo, se dio el placer de ir a acostarse a su dormitorio a plena luz del día, se dijo a si misma que mañana comenzaría a realizar las labores del hogar, alimentar animales y regar plantas, pero ahora descansaría y como si lo hubiera deseado toda su vida apoyo su cabeza en la blanda almohada y cerró sus ojos, mañana seria otro día en el que habría que continuar con el trabajo y la mantención de su hogar.

                                                                                                                                     Ariadna


sábado, 6 de marzo de 2010

Espera

Ignacio y yo nos reunimos en su departamento a beber unos tragos y compartir anécdotas de la vida, hacía mucho tiempo que no nos veíamos, él había viajado rumbo a Argentina para estudiar Geología y yo me quedé en mi país para continuar mis estudios de Enfermería, pero ahora él había vuelto para quedarse, recuerdo cuanto nos queríamos, el tiempo no era suficiente para nosotros, quizás la vida era corta para lo mucho que deseábamos amarnos, aun recuerdo el dolor que sentí cuando me dijo que se marchaba, quizás el gran problema es que yo lo consideraba mi todo, él era mi padre, mi hermano, mi hijo, mi mejor amigo, era toda mi familia, mi nido, y yo estaba dispuesta a dar mi vida por él, a pesar de que pocas veces se lo demostraba.

Ingresamos a su acogedor espacio, su departamento exquisitamente decorado con muebles barrocos y una enorme pintura de Dalí (imitación claro está), demostraban que sus gustos habían cambiado, mis ojos siempre detallistas observaron cada rincón, sin embargo todo fué grato, nada estaba puesto al azar. Con una sonrisa de complicidad llegó a mi lado con dos copas y una botella de champagne, supuestamente "para celebrar" nuestro reencuentro, siete años nuestras vidas se habían dividido, siete años yo había tratado de vivir rasguñando mi existencia.

Nos sentamos en unos cómodos sillones, uno frente al otro, solo nos separaba una pequeña y delicada mesita de vidrio en donde reposaban las copas, la champagne, los cigarros y mi bolso, él me relataba lo mucho que me había extrañado, las noches en que había llorado de soledad por no tenerme a su lado, decía no encontrar explicación al hecho de todavía amarme, que a pesar del tiempo transcurrido me amaba como si fuera el primer día o quizás más y yo, mientras mi mente vagaba en alguna pradera lejana, recorría su rostro,sus verdes ojos, sus largas pestañas,sus cabellos, sus manos blancas y delgadas, su pecho y sus piernas, mi mente fotografiaba todos y cada uno de sus detalles físicos, cada arista de su cuerpo quedaron en mi retina.

Repentinamente despierto de mi "sesión fotográfica" y me percato que la botella ya estaba casi vacía y mis ojos confusos, miro por su ventanal y la noche parecía conocer mis planes, vuelvo la mirada hacía Ignacio y él me pregunta como estuvo mi vida durante estos años, yo con una sonrisa apenas dibujada en mi rostro le respondo: -" Todo se reduce a la espera"-, en ese momento prendo un cigarro mientras él me mira confuso esperando una especie de traducción a mis palabras, a continuación abro mi bolso, saco mi revólver y aprieto del gatillo apuntando su rostro, la sangre de mi amado pasó a ser parte de la bella pintura de Dalí, entonces, termino mi copa, fumo mi cigarro y parto cerrando la puerta de su departamento y de mi larga espera.

                                                                                                           Ariadna





viernes, 5 de marzo de 2010

Postal

Busco en lo imposible una mujer que se parezca a mi,
los brillos de las montañas se han transformado en restos de mi pasado
perdidos en el frio de la noche...
La mujer que hay en mi interior grita en el desierto
solo cactus, arena, carroña y espinas son sus oyentes,
pero mis ojos se cierran,
la belleza viene a mi, teñida de azul me abraza
y duermo...
Me dejo caer en sus brazos, con la ilusion de comenzar otra vez.
Ella juega con mi pelo, creo encontrar mi alma en sus bolsillos,
pero solo es la lentitud de mis pensamientos quien se burla otra vez de mi.
Voces infantiles recorren mi cabeza, de un lado a otro,
¿Quienes son ellos? , nadie nunca pregunto por mi...
Estoy aquí, por favor ven, tengo cosas que mostrarte y
maravillas que decirte me comentan...no les creo, nunca creí...
Un fuego comienza a subir por mis piernas,
una risa femenina macabra lanza alguien a lo lejos,
siento el fuego quemar mi carne,
Soy la espectadora de la mejor postal: Mi Muerte,
consumida hasta transformarme en cenizas me uno a la arena
el viento hace lo suyo y esparce mis restos,
nunca me senti tan cercana a la Tierra,
poderosa me bulro de los buitres por no poder disfrutar de mis entrañas,
ni flores, ni lagrimas,
ni fuego, ni tambores,
nada adorna mi partida,
Lanzo por ultima vez una mirada al mundo y parto. 

Ariadna